Pi, fe en el caos (1998)

Banda sonora
Clint Mansell
Director
Darren Aronofsky
Duración
84 min.
Fotografía
Matthew Libatique
Guionistas
Darren Aronofsky, Sean Gullette, Eric Watson
Interpretes
Sean Gullette, Mark Margolis, Ben Shenkman
Montaje
Oren Sarch
Nacionalidad
EEUU
Archivado en:
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Carátula de la película Pi, fe en el caos (1998)

Pi

La ópera prima de Darren Aronofsky con un presupuesto absolutamente irrisorio pasó a ser pronto una película de culto que sirvió además para lanzar la carrera de este director. Rodada en un sucio blanco y negro, con evidentes carencias, con actores desconocidos y envuelta en un oscuro misticismo, pronto captó la atención de muchos. Aronofsky ganó el premio de mejor director en Sundance, aparte de darse un buen garbeo por varios de los festivales independientes de aquel año.

Para entonces el director ya había realizado tres cortometrajes. El primero, Supermarket Sweep, en el que ya contó con Sean Gullette como protagonista como haría en Pi. Después llegó Fortune Cookie y luego Protozoo, donde aparecía Lucy Liu bastante antes de ser famosa.

Pi nos cuenta la obsesión de un genio matemático en forma casi de pesadilla, mezclando varios conceptos en un punto a medio camino entre la ciencia y el misticismo. Una pequeña aportación postmodernista llevada a cabo sin apenas medios y con mucha imaginación.

Sean Gullette en Pi

Existe un precedente muy claro para esta película: la japonesa Tetsuo de Shinya Tsukamoto, realizada unos años atrás, en 1989.Sean Gullette en Pi Con una estética muy similar, en blanco y negro sucio, nos contaba también una historia de obsesión enfermiza donde la tecnología tenía una presencia primordial. La diferencia es que aquella era una pieza más pura, un exponente más claro de la corriente cyberpunk, mientras que Pi, aún pudiéndola incluir sin problemas en este subgénero, también contiene más elementos que la hacen más dispersa, para bien o para mal.

La relación del personaje con la tecnología resulta evidente, escenificada con unas computadoras exageradamente aparatosas, con habitaciones repletos de hardware al descubierto y un aspecto voluntariamente retro. El tono oscuro y el rechazo del personaje por su propio cuerpo en favor de su conciencia – lo vemos en la escena de la autolesión. El concepto abstracto de la capacidad de pensamiento de un modelo matemático, no de ninguna máquina sino del modelo en sí mismo, casi a modo de alma cibernética, una especie de “software” absolutamente puro. La actitud casi orgánica de la computadora. Todo esto, y la estética general nos recuerda a anteriores trabajos englobados dentro del cyberpunk, quizá más en la literatura de ciencia ficción que en el cine.

Pero también encontramos otros elementos interesantes. Un tema que siempre interesa a Aronofsky, especialmente como parte de la ambientación, es la religión. En este caso no podía faltar la cábala judía, tan íntimamente ligada a las obsesiones numerológicas. La economía también hace acto de presencia, y la vigilancia, el control, el poder.

La cabala judia en PiComo ópera prima que es y como producto de bajísimo presupuesto se le pueden achacar muchas cuestiones negativas. Del presupuesto, naturalmente, se desprenden multitud de problemas, desde las cuestiones más básicas de ambientación. Uno ve el traje que lleva la mujer y no piensa que esté trabajando en una empresa de demasiada categoría. No hay dinero ni para vestuario convencional. Esto queda patente en todo momento. La única manera de maquillar esta situación era ofrecer una atmósfera cargadísima y un estilo retro muy sucio. Aronofsky lo consigue con creces, creando una pesadilla agobiante con una atrevida fotografía de Matthew Libatique y usando efectos innovadores como los planos en los que la cámara se mueve con el personaje encuadrándolo de manera casi fija mientras avanza.

Quizá se le pueda achacar algo menos perdonable y es la utilización de unas matemáticas tan básicas, unos conceptos más propios de un apartado de curiosidades que de un genio matemático. Los clásicos básicos, a saber: pi, las propociones aúreas, fibonacci… Está claro que la película no tiene por qué ser un tratado de matemáticas, pero quizá desmerece un poco de cara a la credibilidad del matemático. Demasiados tópicos.

Por supuesto, la película ni quiere ni puede entrar a fondo en un argumento que es una gran falacia, en lugar de eso, se crea una narración sostenida sobre la gran nada que consigue mantener el interés durante la duración completa de la película. Uno de los grandes méritos es ese, conseguir trabajar sobre una serie de premisas completamente vacías. Basar realmente una película sobre algo tan rígido como es un concepto matemático, sin muchos más adornos.

En cualquier caso, esta película cuenta con una serie de importantes cuestiones positivas. La primera y más evidente es la de lanzar la carrera de uno de los directores más prometedores del momento, Darren Aronofsky. Pero además es una película que ha contribuido a introducir una serie de elementos representativos del cyberpunk en EEUU, no diré que es la primera en nada pero sí que ha contribuido, con unos temas y un estilo más propios de Japón, y del anime especialmente. Una película de culto para muchos.

Cerebro sangriento en Pi